Un teleférico para devolver la Casa de Campo a los peatones.
La propuesta enlaza el Paseo del Pintor Rosales con la Casa de Campo salvando el Parque del Oeste, el Manzanares y la M-30. El diagnóstico de partida era el tráfico: por la Casa de Campo circulaban más de 67.000 vehículos diarios de media, con niveles de contaminación acústica y atmosférica comparables a los del centro de Madrid.
El teleférico permite cerrar ese paso al vehículo privado sin aislar el parque. En torno a las dos terminales se organizan los puntos de alquiler y reparación de bicicletas y el arranque de los circuitos que recorren el recinto; los aparcamientos que dejan de ser necesarios se recuperan y reforestan.
Las terminales se plantean desde la ligereza. El suelo deja de entenderse como un plano estable y pasivo y pasa a ser superficie activa, de la que la arquitectura emerge como una figura fluctuante: una nube posada en la vaguada.