Un erizo de mar sale del agua y se posa en el Charco de San Ginés.
Se siente desvalido, pero a la vez da cobijo a los viandantes. La instalación funciona como un objeto urbano que deja ver cómo lo usan los vecinos: no impone un uso, lo revela. El objetivo era activar el espacio público del entorno del Charco aumentando la interacción, con materiales que hablasen de reutilización y de detalles constructivos no estandarizados.
De ahí salieron tres condiciones: que el erizo transparentase de algún modo cómo estaba siendo usado, que intensificase la interactividad, y que se construyera con elementos reciclados. La respuesta fueron 455 conos de tráfico de tres tamaños —450, 550 y 750 mm—, tejidos por sus bases hasta formar una malla tridimensional sobre un anillo rígido de apoyo. Todos en PVC translúcido y todos reutilizables después.




